martes, 4 de mayo de 2010

Kahuzi Biega











Bukavu es precioso. El lago Kivu es precioso. No dejo de pensar lo triste que es que esta zona tan maravillosa sea una desconocida para el mundo y que no viva del turismo porque está atravesando uno de los conflictos armados más atroces de la historia reciente. En realidad mi problema es que admiro la belleza del paisaje y lo que el resto del mundo quiere es lo que hay debajo de esos verdes prados. Pero aún así, tanta belleza y tanta sangre no deberían ir tan juntas. Recuerdo las palabras de Ramón Arozarena cuando hablaba del Congo y de la desgracia de ser rico.

Veo casas de más de una planta y aceras con baldosas, medianas con jardines y flores y creo que la gente que me ve mirar de un lado para otro debe pensar que soy como Paco Martinez Soria en la gran ciudad desarrollada (si los lugareños supieran quién es ese señor). Pero alucino con lo diferente que es de Kin.

También está mucho más militarizada. Es como si la ciudad fuera todo aquello que rodea a los campamentos de la MONUC, como si fuera un anexo pegado al campamento y no al revés.
Pero me siento feliz de haber venido. Creo que ha merecido totalmente la pena y que la imagen que me llevo del Congo es ahora un poquito más completa. De hecho, después de ver esto, puedo quedarme con un dulce sabor de boca sobre las potencialidades del Congo.
Ayer por la noche junto al lago, me sentí emocionada incluso pensando en lo afortunada que era por contemplar ese lago magnífico y lo triste que es que se haya quedado como un reducto para la admiración de algunos cooperantes, soldados, mercenarios y hombres de "negocios".

Hoy he ido a ver los gorilas del Parque Nacional de Kahuzi Biega. Es caro pero es el parque más barato de África donde se pueden ver gorilas. Esta es una subespecie del gorila de montaña con la espalda plateada. En un momento dado, he estado rodeada por gorilas. He tenido a un gorila macho de 250 kilos de peso a cuatro metros escasos de mis ojos durante una hora. Había un par de hembras y unas cuantas crías. Se me han puesto los pelos de punta como tres veces y me he emocionado como otras dos. Me sentía la persona más afortunada sobre la faz de la tierra.

Regresando del parque, pensaba de nuevo en la guerra y en lo injusta que es. Con nosotras iban seis guías armados porque la montaña donde viven los gorilas es también escondite de rebeldes. Belleza y sangre juntas. Constantemente.

Cada segundo que pasa me refuerza en la idea de indagar un poco más en el trabajo en esta zona increíble que es Grandes Lagos. Quizá me ha picado el bicho. Me han dicho que África, es lo que tiene...






Bukavu

He volado con una compañía aérea congoleña. Para ubicarnos. Naciones Unidas pone al servicio de todo el personal humanitario sus vuelos de MONUC y del PMA para evitar que los expatriados tomen vuelos nacionales. De hecho, las ONG grandes tienen prohibido por su protocolo de seguridad que sus trabajadores tomen vuelos comerciales.

Bien, pues hay dos compañías, una (vamos a llamarla X) que tuvo un accidente hace dos años y tuvo muy mala fama todo el año pasado, siendo la otra compañía (Y) la mejor y más recomendada durante el 2009. Hasta que la compañía Y este año no tiene más aviones y vuela con el avioncito que le queda, de hélice, que se estropea cada dos por tres y ahora, la mejor compañía más recomendada es la X que tuvo el accidente hace dos años.

Esto para que os hagáis a la idea de la oferta de vuelos y del hecho de que he hecho las paces con la idea de morir en el espacio aéreo congoleño cuando he cogido este vuelo (que por cierto, es de la compañía Y, recomendada el año pasado, pero no recomendada este año...).

Es cierto que tiene un servicio muy completo que te lleva desde Limete al aeropuerto de Kinshasa en bus gratuito y luego desde el aeropuerto de Bukavu hasta la agencia en la ciudad. Con lo cual he tenido la experiencia Y al completo.

Mi nueva compi me llevó a la agencia en Limete a las 6 de la mañana, no podréis creerme cuando os digo que ese lugar apesta. Huele fatal y os lo dice una persona que lleva 13 meses y pico en el Congo, vamos, que huele muy mal.

Me monté en el bus y el guardia de seguridad me pregunta si no tengo etiquetado mi equipaje de mano, le digo que no y me cago en todo cuando veo que todos los que van conmigo en el bus tienen la típica etiqueta que pone “equipaje de mano”. Y pensareis: qué chorrada, qué más da la etiqueta...ya, pero esta es lógica europea. Si un amable señor de la Dirección General de Migraciones quiere tocarme los pies por no tener puesta la etiqueta, puedo no tomar el vuelo...así que si ya iba un poco nerviosa, (he dicho que he hecho las paces con la idea de morir en el espacio aéreo congoleño y es cierto, pero eso no quiere decir que la idea no me ponga nerviosa), me siento todavía un poco más incómoda.

Saco mi libro y me pongo a leer. Veo que el que está delante mío hace lo mismo. De repente un señor, colocado estratégicamente en la primera fila, se levanta y se ofrece para hacer una pequeña oración. Yo sigo con mi libro. La pequeña oración se alarga y el tono sube. Me doy cuenta de que es uno de estos predicadores protestantes o de iglesias del despertar que gritan y gritan. Habla en lingala, pero en lingala de Kinshasa, es decir, muy mezclado con francés y entre mi francés y el poco lingala que sé, entiendo que está haciendo todo un discurso apocalíptico sobre hacer frente a la vida eterna sin temor, etc. De pronto me doy cuenta de que el hecho de que la compañía Y haya tenido problemas en el último año, a él le beneficia enormemente para sus quince minutos de gloria autobuseros, en los que de pie, delante de todos, grita sobre l'éternel (palabra que repite tres millones de veces) y busca el aplauso y la aprobación de la gente. Detecto que mi indiferencia, sumergida en mi libro como estoy, le molesta. Se acerca a mi varias veces a gritarme sobre el éternel, pero decido no darle la satisfacción de levantar mi cabeza, no vaya a creerse que le voy a conceder a ese charlatán un crédito que no merece.

Llegamos al aeropuerto, es en ese momento cuando el pesado termina su pequeña oración de media hora de gritos. Un par de intentos de sacarme un “extra de pasta” por parte de un par de agentes en el aeropuerto, vamos, lo normal, que capeo como puedo, en un caso incluso, arranco mi pasaporte de las manos de un agente de la DGM que se ofrece a realizar las formalidades. Como me resulta más que evidente que no hay ninguna formalidad que hacer, le digo que no es necesario y que yo lo puedo hacer mientras, como digo, le tomo mi pasaporte y mi billete con un rápido gesto.

Abro el equipaje de mano, registro, todo bien. El que va delante mío se resigna a dejar el desodorante y el gel en tierra, el que va detrás de mi, que es el que leía el libro en el autobús, argumenta que estas medidas de seguridad son estúpidas, el de la DGM se cabrea porque las medidas internacionales son cuestionadas, y yo me escabullo como puedo de lo que tiene pinta será una larga conversación sin final...

Por fin llego a la escalera del avión. El comandante está allí fuera también y yo me siento como un gladiador en un circo romano. Nosotros, todos en fila esperando para entrar al avión, no sin antes haber pasado por el último control, y él delante con las manos cruzadas en la espalda. Me dan ganas de decirle: - “Ave Cesar, los que van a morir te saludan”. Subo al avión. Es un avión chino que huele como la agencia, o sea, fatal. Todos los mensajes están en chino y en inglés y la cabina del comandante no se cierra así que les vemos durante todo el vuelo. Cuento 64 plazas, vamos un autobús de Urizar es más grande.

Estamos todos embarcados y no salimos. Veo que a la pista llega un coche y que se baja una familia, esto es típico también, gente que ha pagado y le dejan llegar hasta la pista con evidente exceso de equipaje. Entre el matrimonio (van con una cría de unos tres años) no son capaces de transportar todo lo que tienen. Todo lo que tienen incluye tres pantallas de televisión de plasma. Por fin después de cinco minutos de transportes de televisión, suben al avión. El marido llega hasta mi asiento e intenta colocarme en el sillón de al lado una maleta y una televisión de plasma. Milagrosamente el de atrás le ofrece otra ubicación para la tele de plasma y él se sienta al lado mio con su maletón sobre las rodillas. Estoy atrincherada.

Cuando creo que nos vamos ya, se repite la misma operación con otra familia que también llega con un coche hasta la pista. Mismo proceso. Odio el Congo.

Por fin despegamos. Tres horas de vuelo. El que leía en el autobús está de nuevo delante mío y saca su libro. Veo que el libro si titula “Negros furiosos y blancos mentirosos”. Será mejor no hacerle enfadar. Era de los pocos que había calificado como normales, así que me queda claro que no queda nadie normal en ese vuelo. Los otros blancos son unos ucranianos que no consigo ubicar en el mapa del Congo, pero tengo claro que no son personal humanitario ni soldados. Sobrevolamos la selva vírgen del Kasai, y pienso que si me muero después de haber visto esto, no está mal después de todo.

Llegamos a Kindu, donde hacemos una escala. El hombre de las tres televisiones se baja aquí. Los ucranianos bajan aquí también y ya consigo colocarles en el mapa del Congo: diamantes, decido. De pronto una mujer comienza a gritar por el teléfono y después a todo el avión. De nuevo en lingala. Pero entiendo que tiene unos familiares en kindu, y aunque ella viaja hasta Goma, quería bajar para saludarles, pero parece ser que en nuestro vuelo viajaba alguna personalidad de Kindu y las medidas de seguridad le impiden bajar a la pista. Se suceden las llamadas a la chica, ella explica gritando y entre sollozos que no puede bajar. De pronto, todo el avión (liderado por el de los negros furiosos) se pone contra la azafata exigiendo que la dejen ver a sus familiares. La azafata dice que no hay nadie en la pista, que han bajado juntas y que no había nadie, así que ahora todo el avión se pone contra la chica y le dicen que se calle y que ya verá a sus familiares otro día. Definitivamente, las otras 63 personas de ese vuelo han salido de un manicomio.

Se sube otro hombre que se sienta a mi lado, me saluda lascivo e invade descaradamente mi espacio, que de por sí, es reducido en este avión chino, hecho para la medida de los chinos. Si algo me saca de quicio, es un desconocido sobón. Intento recuperar mi espacio pero el tío es un sobón profesional. Afortunadamente, el avión chino se encarga de ello. Hace tanto frío en este avión cuando está a la suficiente altura, que el hombre se encoge para soportarlo. Me alegro de ser del norte.

Cuando estamos haciendo las maniobras previas al aterrizaje en Bukavu, el avión entra en turbulencias, en un momento dado el avión pierde altura de forma brusca y caemos como unos veinte metros en un segundo (no sé calcular exactamente), oigo que la gente grita, el de al lado, invasor de espacio, se agarra a mi muslo y me lo estruja con fuerza. No doy crédito. Le cojo la mano y tengo que hacer fuerza para quitarla de mi pierna, lo consigo pero él no suelta mi mano. No doy crédito. Le miro a la cara y está desencajado. La viva imagen del pavor absoluto, con los ojos cerrados con fuerza y la boca abierta. Teniendo en cuenta que no me había caído bien porque detesto a los sobones irrespetuosos, ahora me parece simplemente patético. Creo que pensaba que iba a morir. Yo sólo pensaba que es la invasión de mi espacio más transgredida jamás por un desconocido. Estoy de hecho, cabreada. Se nota que haber visto la selva del Kasai, ha contribuido a que haga definitivamente las paces con el posible accidente. En realidad, estaba segura de que no era más que una bolsa de aire. Todo se pasa y vuelve a la normalidad, él ni se disculpa, por supuesto, yo soy una mujer, por lo tanto, ni siquiera soy un ser humano, soy un simple posamanos, parece. Se hace el macho, por supuesto. No va a reconocer que hace un segundo se ha cagado en los pantalones. Me cae fatal y le recordaré de por vida con su cara desencajada, ojos cerrados haciendo fuerza y a punto de llorar mientras me estruja el muslo. Patético.

Aterrizamos en Bukavu. Jarrea de lo lindo.

Es un aeropuerto militar lleno de tanques y camiones de la MONUC. No hay terminal ni nada que se le parezca. Hay una caseta con los de la DGM y para de contar. Esperamos en la calle, bajo la lluvia, en el barro.

Pregunto por el autobús, me lo señalan. Por supuesto, es chino. Me informan de que las maletas se retiran en la agencia. Me parece un riesgo teniendo en cuenta que si no llegan, puedo no recuperarlas nunca. Me dicen que irán en una camioneta que seguirá al bus de pasajeros. Me resigno y me monto en el autobús. He sido, de hecho, la única que se ha resignado. Todo el mundo se apelotona al lado de la camioneta y trata de recuperar su equipaje y luego lo mete en el bus, para que así haya menos espacio y así podamos bloquear todo el pasillo. Oteo mi maleta y respiro, vigilo para que nadie se la lleve por equivocación.

Un abuelo con un traje ocho tallas más grande que él y un sombrero estilo cawboy con piel de dálmata se sube con su mujer, una abuelilla al bus, llevan una maleta y un saco cada uno, con lo que parece ser un animal muerto en su interior, gallina, intuyo. Van tan cargados que todo el bus tiene que moverse por ellos para dejarles pasar, se colocan en el medio con todas sus maletas. La gente comienza a gritarle al viejillo y a decrile que meta su maleta arriba en el maletero porque hay espacio. El viejo se niega, saca un asiento al lado de mi asiento (es un hecho que los raros tienen siempre que sentarse al lado mío) y coloca todas las maletas y pollos muertos en el pasillo. La discusión continúa y al viejo se la pela todo. Todos gritándole para que libere espacio y él que tururú. El joven de delante, al final, cabreado, coge la maleta del viejo y la coloca arriba, el viejo se levanta de un brinco y mueve la maleta para colocarla exactamente sobre su cabeza. Como si le fueramos a robar la maleta, teniendo en cuenta que en ese autobus no nos podíamos ni mover nadie. Por fin se sientan los dos abuelos en los asientos del pasillo, maletas de otros pasajeros que suben al bus por las ventanas. De pronto, un hombre de la compañía aérea Y se monta y exige que todos enseñemos nuestros billetes. Los viejos no tienen billetes. Bronca. Les exigen que paguen diez dólares al menos, el viejo se niega, la vieja no dice ni pío. El de la compañía se pone a gritar como un energúmeno y ahora es el viejo el que grita como un energúmeno. La vieja le empieza a decir a su marido que deberían pagar, el viejo se niega, así que la mujer propone bajarse del bus, rifirafe y el viejo accede. De nuevo, movilización del autobús para que pasen, con sus pollos, sus maletas y su sombrero de cawboy con tela de dálmata.

Creo que ha tenido que pasar más de media hora desde que nos hemos montado, pero por fin, salimos. El de la compañía está sentado al lado mío, de modo que vamos como sardinas en lata, yo con mi ordenador y mochila encima. La carretera no está asfaltada, es una carretera de ripio, pero vamos tan apretados que ni los baches nos mueven.

Empiezo a ver tiendas de campaña y más tiendas de campaña, soldados armados vigilándolas, son los campamentos de la MONUC que se suceden durante kilómetros, separados por nacionalidades. Siento un vacío en el estómago. Llevo aquí un año pero esto me impresiona mucho.

El paisaje es impresionante, precioso, colinas verdes sobre suelo de arcilla, todo cultivado (esto es una diferencia con respecto al Oeste). Tenemos una hora de camino. Nos paramos en varios pueblecitos y la gente aprovecha para comprar, el de la compañía Y compra cebollas (este es el único bus que no apestaba, así que esta situación debía ser remediada inmediatamente).

Diviso el lago Kivu, uno de los grandes lagos que da nombre a la zona, también impresionante.
La carretera mejora, de nuevo, labor de los chinos, omnipresentes. Por fin llegamos a Bukavu. Está un poco más desarrollado que kin, de hecho, es totalmente distinta, nadie diría que son dos ciudades del mismo país. Llegamos a la agencia y diviso caras conocidas. Estoy nerviosa por todo lo que me ha pasado en tan poco tiempo pero contenta de haber llegado. Otro día, os cuento más...

martes, 16 de marzo de 2010

Vecinos

Al lado de nuestra casa hay una iglesia de testigos de Jehová. Tenemos con ellos una relación cordial que podemos definir como inexistente. Los martes y los domingos hay misa, cantan con un piano durante una hora, y el resto del tiempo, silencio absoluto. Vamos, lo que se puede decir, el vecino perfecto en Kinshasa.

En general, la estructura de las casas en Limete con un muro cubierto con alambre no promueve que vayas de visita a casa de ningún vecino, con un vasito pidiendo sal. Sin embargo, Kin es una ciudad que no duerme nunca y puede haber fiestas que duran toda la noche o gente que decide que las tres de la mañana es una hora estupenda para cantar a capella cánticos religiosos, como los de la parcela vecina, por el otro lado. En estos casos, mi compi pone en práctica sus fluidos conocimientos de lingala y grita a pleno pulmón: tika makelele! (literalmente, cállate).

En fin, en esta cómoda inexistencia de relaciones vecinales nos movíamos hasta esta semana en la que los vecinos han considerado oportuno mandarnos una invitación a todo color (que les habrá costado un pastón, porque ya sabéis que aquí todo es caro, e imprimir en color más), para celebrar con ellos la muerte de Jesús.

Tres invitaciones, para tres personas que vivimos ahora en la casa con fecha y hora para el evento (he de deciros, por otra parte, que el conocimiento exacto de nuestra vida intramuros me ha dado un poco de miedito, porque yo no sé ellos cuántos son...pero supongo que se lo habrán preguntado al guardian, o quizá es que me resisto a admitir que una mundele en Kin nunca pasa desapercibida).

En resumidas cuentas, percal.

Me pregunto cómo tres ateas practicantes vamos a encontrar la manera de declinar amablemente esta invitación...

Esta misma mañana, y os juro que no he sido yo, me he encontrado las tres invitaciones en el cubo de la basura. En una casa en la que no se tira nada, que desde que llegué, he tirado a hurtadillas alguna que otra huevera y algún que otro bote, porque hay recopiladas hueveras de cartón y botes de vidrio desde el inicio de los tiempos, tanto que podríamos hacer un estudio de grabación insonorizado o incluso un bunker con hueveras y podríamos sobrevivir a un Def Con 2, con todo lo que habríamos embotado.






lunes, 15 de marzo de 2010

Para ilustrar de qué hablamos, cuando hablamos de corrupción...

Si hay algo que deteste en Kin por encima de todo es la compañía eléctrica, o la sociedad nacional de electricidad, la pandilla de mangantes, incompetentes más absurdos sobre la faz de la tierra.

En enero no hubo nadie en la casa porque todos estábamos de vacaciones de Navidad y hemos tenido la factura de electricidad más alta de la historia. Hasta aquí, aunque no os lo creáis, normal. Es al tipo de absurdeces a las que nos tienen acostumbrados. Vale, vamos a quejarnos, escribimos la cartita (aquí todo va por escrito y con acuse de recibo, no se te vaya a olvidar mi cara bonita y la bronca que te he echado)…Y por supuesto, no responden. Porque nunca responden. Volvemos con la cartita y con su sello de acuse de recibo, que ahora ¿ves como era útil? preguntándoles qué pasa con la factura desorbitada que no se corresponde a la realidad. Deciden mandar a un agente. Vale, estupendo, pues si no te importa, acompañamos a tu agente para ver qué hace y así mejor, ¿eh? Oui? Ça va? Ok, parfait.

El agente va con nuestro logista a la casa a ver el contador. El agente verifica que el contador funciona y que no se ha movido porque efectivamente NO había habido consumo. Viene a nuestra oficina, y salgo. Con la galantería a la que tengo acostumbrados a los agentes de la SNEL, (también a alguno de la Dirección General de Impuestos), le pido que por favor, s’il vous plaît, je vous en prie, diga en su departamento que el contador funciona y que nos reduzcan la factura acorde con el consumo. El hombrecillo, acepta, sin duda, son mis dotes para la diplomacia y se marcha.

Silencio administrativo.

Volvemos a ir a su oficina. Su propuesta: mandar no a uno, esta vez a dos agentes a verificar el contador. Sí, queridos, estoy empezando a perder la paciencia. Porque no os lo perdáis pero es nuestro coche el que les lleva a nuestra casa para verificar el contador verificado ya por otro agente y el que les tiene que dejar de nuevo en su oficina, porque encima se ponen chulitos, y te exigen que les pagues el transporte. En efecto, ya siento que me están tomando el pelo y ya he perdido la paciencia porque esta es la segunda vez que verificamos el dichoso contador y no hemos recibido una sola carta de respuesta (pero claro cómo van a gastar en nosotros, mundeles tocapelotas, un folio, un poco de tinta, el esfuerzo de escribir la carta y por supuesto, la electricidad necesaria para encender el ordenador). Bueno, supongo que entendéis que esta no es la primera vez que nos hacen una pifia así, que ya llevo aquí un año y esto no es nuevo, majicos, que llueve sobre mojado, de ahí mi cabreo in crescendo. Bien, el contador no funciona, o eso dicen. Entre los dos nuevos agentes está el amable agente, je vous en prie, que normalmente nos trae la factura y que dice, lástima que no estaba yo delante, que él desde hace tiempo había declarado que el contador no funcionaba. Mentira podrida, porque el puto contador funcionaba perfectamente. En fin, esto es muy habitual, términos como hace tiempo, los otros, antes, luego que no significan nada concreto son muy populares entre algunos miembros de la población. Concretar es morir. Porque sino yo le hubiera preguntado al amable agente, je vous en prie, desde qué fecha exacta el contador no funciona, él no habría sido capaz de precisarlo, pero si lo hubiera hecho, le hubiera sacado una recopilación de todas las facturas en las que figura que el contador funciona y que el cobro era acorde con lo que pone en el contador, y el amable agente, je vous en prie, hubiera flipado de que tengamos las facturas guardadas y con orden cronológico, porque eso él no lo ha visto en su oficina jamás.

Vale, el contador no funciona. Esperamos la respuesta a la carta. Silencio administrativo.

Siguiente factura. Mismo monto que la factura anterior. Ya me llevan todos los diablos, y a medicus mundi navarra también porque encima esta factura, les toca pagarla a ellos. Volvemos a la SNEL, nuestra segunda oficina (esto tiene connotaciones sexuales que ya os contaré en otro momento) a ver si al menos, podemos cambiar el contador.

Pues no.

No disponen de contadores. Arréglatelo tú porque sino vais a venir aquí a molestar y quejaros con cada factura (sí, esa es la idea, me lo paso pirata gritando como una energúmena porque tú no eres capaz de hacer bien tu trabajo, y encima quieres robarme, no te jode). De nuevo, me alegro de tener un logista tranquilo y pausado porque sino yo le hubiera mordido un ojo. Lo tienes que comprar tú por ahí y luego te cobran un pastón por instalarlo. Pero sólo se venden los industriales y esos están prohibidos para particulares. Pero si quieres, por el módico precio de 250 dólares, un agente de la SNEL te lo vende bajo manga y te lo coloca. Y lo que te va a colocar es ni más ni menos que uno de esos contadores industriales prohibidos para los particulares.

¿No te encanta?

El fin de la historia es la traca final, colofón para esta historia y la alegría que me va a durar hasta la próxima factura porque desde que llegamos de las Navidades, llevamos con cortes de luz durante todo el día, TODOS LOS DÍAS.

Visitas

Escribo por expreso deseo de mis fans, que me lo han solicitado ya que no podían vivir sin saber de mí. Bueno, de un solo fan que me lo ha solicitado y que quería saber qué es de mi vida. Bueno, en realidad es un colega, que sospecho que se aburría.

En cualquier caso, mis padres han estado de visita una semana. Ha estado muy bien pero en una semana hemos visto los bonobos (en plural porque eran dos, pero el acceso a verlos en grupo estaba restringido, un consejo, si pasáis por Kin y queréis ir al santuario de los bonobos Lola ya Bonobo, no vayáis en un día que no sea fin de semana, porque es un timo), el Lac Ma Vallée, el Museo de Historia, el Jardín Botánico de Kisantu, la Avenida de los Embajadores, nos hemos dado un masaje, hemos comido o cenado fuera varios días y qué quieres que te diga, pero tanto ocio, cansa.

Me quejo porque la vida del antihéroe es siempre más graciosa, pero en realidad he estado muy contenta tratando de enseñarles la cara amable de Kinshasa; la otra se ve fácil, y creo que se han ido muy contentos y tranquilos de poner cara y paisaje a lo que les cuento, y también a lo que no les cuento.

viernes, 19 de febrero de 2010

Staff Benda Bilili

Os acordáis que hace un tiempo comenté que me llevé una sorpresa yendo a un concierto? Os puse una noticia sobre este grupo de disminuidos físicos que tocan rumba y dan un espectáculo impresionante. Uno de ellos incluso toca un instrumento fabricado por él mismo a partir de una lata, y os juro que saca notas de ahí!!!. Acaban de regresar a Kin después de una gira europea agotadora.

Os pongo dos vínculos, uno un vídeo, para que los veáis, pinchad aquí.

Y otro, referencias sobre ellos en wikipedia, aquí.

Pure enterteinment...




miércoles, 10 de febrero de 2010

Las leyes de la genética no fallan nunca

Esta es una gran frase de una gran película argentina llamada “Un lugar en el mundo”. Hoy no puedo estar más de acuerdo. Mi madre y mi padre, acaban de comunicarme que con sus 67 y 68 años respectivos han decidido venir a visitarme al Congo.

Añadiré, para todos aquellos que no les conocéis, que para programar un fin de semana de, pongamos por ejemplo, “El románico de Zamora”, mi madre, amante del románico por otra parte, tiene que iniciar una campaña de sensibilización de meses para convencer a mi padre del interés de la visita en cuestión, y no siempre triunfa en su empeño, por lo que en lugar de renunciar a la excursión, se va sola o busca otros compañeros de viaje más dispuestos.

Pero, parece que el hecho de que nunca nadie de mi familia ha estado lejos de casa tanto tiempo, sumado al hecho de que yo nunca he pasado fuera tanto tiempo, y soy la pequeña y esas cosas influyen también, más el hecho de que están jubilados y disponen del tiempo y del dinero e indudablemente (y esto hubiera sido lo más cuestionable) tienen las ganas, proporcionan el coctel perfecto para que aterricen en el aeropuerto de N’Djili el día 13 de marzo de 2010.

De hecho, la precursora de la idea, mi madre, tuvo un momento de titubeo cuando le dije que la vacuna contra la fiebre amarilla es obligatoria para entrar en el país, pero mi padre la animó y ahí están los dos inmersos en la tramitación del visado.

Esto me ha hecho recordar que cuando les comuniqué a mis padres que dejaba un trabajo indefinido por venir a terreno, mi madre me pedía que lo pensase bien, y se mostraba cauta, y a pesar de que supongo que le daba miedo la idea, nunca trató de convencerme de que no lo hiciera. Esto era totalmente previsible para mí. Pero me sorprendió que mi padre me confesara que le daba envidia lo que hacía y que ojala él hubiera tenido el coraje de hacerlo. Esto sí que fue una sorpresa.

En cuanto a mí, la verdad, pensaba que cerraría esta increíble etapa de mi vida manteniéndola en mi recuerdo como algo que solo yo y las personas que conocí en Kinshasa compartimos (exceptuando la visita de alguna gente de ONG que conocía, pero queridos, no es lo mismo). Ahora, dos de las personas más importantes de mi vida estarán aquí para ver la realidad del país y de mi día a día, pondrán caras y nombres y paisajes a lo que les cuento por teléfono. Creo que tanto en ellos como en mi misma, la visita supondrá una diferencia.

En fin, que tengo claro a quiénes he salido. Las leyes de la genética no fallan nunca.

lunes, 1 de febrero de 2010

La Biblia Envenenada

He leído un libro que creo que debo recomendaros. Se llama la Biblia Envenenada y cuenta la historia de cómo un pastor baptista, su mujer y sus cuatro hijas viajan desde USA hasta el Congo Belga para evangelizar a sus gentes.

El, fanático y cegado por su fe, la mujer, al principio sumisa y después, resuelta, sus hijas, cada una con una aceptación y aproximación a la realidad congoleña diferente, la que nunca se adapta, la que se integra inmediatamente, la que lo vive como espectadora y la que encuentra su vida en el país. A cada una, el Congo le deja una cicatriz distinta con la que tendrán que aprender a vivir el resto de su vida.

En principio, la autora no ha estado nunca en el Congo, pero es impresionante como es capaz de entrar en el detalle de los sentimientos que son tan genuinos y especiales de una mujer blanca en el Congo. Según avanza el libro, los personajes tienen una clara evolución, pero según avanza el libro, yo misma me veía reflejada en los sentimientos de la madre y las hijas en diferentes momentos de mi estancia en Congo. Creo que cada mujer blanca viviendo en el Congo es un compendio de esas cinco mujeres que sufren y aman en la colonia belga.

Lo devoré en dos días.

Contra todo pronóstico

Pues MMB no debe de saber muy bien lo que está haciendo, pero a falta de alguien mejor, soy la jefa. Ahora misma tengo el estatus de coordinadora de proyectos. Contra todo pronóstico, estoy encantada. En general, con todo. Veo Kinshasa con los ojos de la que se va y estoy mucho más a gusto. Me quedan apenas unos meses de misión y tolero muchas más cosas o al menos, las llevo sin tanta ansiedad. Pero al mismo tiempo, soy muy consciente de que es porque sé que me marcho. Sino la idea de seguir discutiendo por enésima vez el mismo problema, originado por otros, del que tu solo has intentado poner una solución, y al final te llevas todas las culpas si lo mas mínimo sale mal, durante otros doce meses…sería algo que me generaría sensación de ahogo. De momento, lidio con los amigos corruptos y sin corromper del Estado congoleño, si le podemos llamar Estado, con dignidad y paciencia (y alguna subida de tono que otra). Y disfruto todo lo que puedo de mi equipo, de mis amistades, de esta ciudad que al fin y al cabo, ofrece tantas cosas…

martes, 26 de enero de 2010

Vacaciones

He estado de vacaciones, en el frio vitoriano y el calor del hogar, básicamente, no he hecho nada especial y básicamente, ese era el plan. Quedar con los amigos, estar con la familia, tomar café, tomar cervezas…y recuperar fuerzas y energía para el último coletazo.

El regreso ha sido un poco duro al principio, enseguida te acostumbras al ritmo de allá y luego tienes que volver aquí, y el ritmo es distinto, entendedme, en términos de curro, aquí el ritmo es frenético, pero en términos de vida social, la cosa desciende un poquito.

Así que vuelta a Kin, donde los seguratas de los supermercados van con una AK47 y con ella, paran el trafico para que saques tu coche del aparcamiento, donde un espejo colgado de un árbol y una silla de plástico en la calle son una peluquería y donde, por irónico que te parezca, veras mas HUMMER que en toda tu vida…

Bienvenue au Congo!!!